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La Coctelera

PRESS SCRIPTA EDITORA

Editorial sin crematística

Categoría: Pressscriptos

20 Mayo 2009

POEMA INÉDITO DE DAVID ALBERTO FUKS

Del libroVita a cor ( Press Scripta, Col. de Poesía, Rosario, 2009).

EFEMÉRIDES

 

Dones intraterrestres

sobre la arena

se depositan a diario.

Antes de la irrupción del sol

-el sol desiguala el horizonte-,

caracoles sin  habitantes,

vasijas torneadas

yacen como esqueletos indolentes.

Playa ondulada que falsifica

la impronta ondeada del mar.

¿Por qué recogemos

objetos vacíos? :

nos cautiva la oquedad.

Conquistamos,

el aire que desalojamos,

con nuestros espacios extraviados:

plazas enaltecidas con barriletes

y árboles de sombras inabordables,

mercados embalsamados que gritan especias,

oportunas calles sin salida.

Los ensueños instantáneos

no necesariamente son solubles en vigilia .

El gesto sagaz,

el empeño de una mujer

fue capturado.

(La cápsula fue intitulada:

"mujer-que-pudo-ser").

Torna y  retuerce cual efemérides,

aún cuando la necedad

viste el rostro de la heterodoxia,

desplegando

su perturbadora exposición.

 

(Al despertar nos embarazamos

 con alientos de café con leche)

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 Febrero 2007

Tres Visitaciones a Bartolomé Vercelli (con un índice glosado para su libro)

Salutación

Visitaba a Bartolomé cuando sumaba la mitad de mi edad actual. Exactamente la mitad. El hombrecito –su contextura era algo más pequeña que la mía y eso es mucho decir- transitaba por unos ochenta que, al menos en el primer encuentro, me parecieron lúcidos. Los dos o tres siguientes, habidos todos en el mismo 7mo. A del edificio de calle España 915, me hicieron conocer en destellos graduales otros destellos de su persona: una amistosa expresión en la cara equilibrando la cargada curvatura de su espalda, los dolores reumáticos que a veces lo postraban durante días, la suavidad de su carácter cuando era suave como a la hora del té, cuando las pactadas visitas.
En la primera me sorprendió la riqueza de su conversación. Notable en un hombre de su edad, me recuerdo pensando con la media vida que entonces reunía. Ahora, todo lo que aceptaría como verdadero es que se distinguía de los otros hombres viejos con los que había conseguido hablar hasta entonces. Para comprender –así lo determina la intencionalmente descarnada síntesis de mi recuerdo- él buscaba las oposiciones, los contrastes: Neruda frente a Pedroni (¿quién de los dos era “más grande”?, ¿dónde residía la universalidad de cada quien?), Dalí frente a Picasso (¿pesa más el talento que una cuidada formación?). Decía que admiraba a Éluard y a Brecht y tenía solamente palabras de elogio para la inteligencia de Aníbal Ponce. Hombres buenos parece que los hay en cada ala: los faros de Bartolomé alumbraban mejor si desde la izquierda.
Las visitas siguientes revelaron cierta acusada preferencia en la elección de los charlados temas. Fuera, pienso, que los años le rayaban el vinilo por lo menos. Senilidad, quiero decir. Fuera tal vez que la presencia del muchacho bebiendo el ofrecido té del otro lado de la mesa de su cocina le resultara amable o poco peligrosa y no diera mérito suficiente para desprevenidos esfuerzos de su memoria. Vaya uno a saber. Me dio a leer una antología de la poesía surrealista que entonces aprendí en acto deglutivo y que busco tibiamente releer desde hace un tiempo. Respondiendo súbitamente a la solicitud mía, me obsequió su libro de poesías. Sé que no buscaba mucho más que leer su libro. Sabía, además, que iba a dedicármelo, pues igual cosa había hecho con el ejemplar que orgullosamente me había señalado en su biblioteca personal un amigo periodista (supe de Bartolomé y de su libro a través de este amigo). Antes de decidirme a visitar a Bartolomé, interrogué al periodista sobre “qué clase de poeta” era, sobre si era “conocido” (sí: sobre esas opinables nulidades que gesticulan al mito). Me respondió diciéndome que Vercelli era conocido “en su medio”.
Con el tedio circular de la charla, con el libro leído, pronto interrumpí las visitas y ese año, recuerdo, no fue de los mejores. Admito que esta última frase pueda invertirse y resultar mejor ajustada a las cosas. Como sea, el disco de Bartolomé estaba dañado de un daño distinto del mío esos tiempos en que regresaba neurótica la esperanza al país junto con el estado de derecho.
Al libro no lo he perdido. Ha sobrevivido a humedades y mudanzas sin haber saboreado nunca el riesgo del préstamo. Está en mi biblioteca. Lo traigo a la mesa de trabajo; lo abro en la segunda hoja. La primera línea de la dedicatoria sigue en el lugar en que la recordaba y garabatea mi nombre. La segunda enuncia: a su juventud cordial (“cordial” funciona menos bien que un epíteto, me digo). Debajo firma con el suyo y todavía debajo añade ciudad y fecha. Anota en la última la dirección de su departamento. Estas precisiones, ahora, funcionan indebidamente trazando en azul de birome una irrealidad indeleble, un sueño en letra angulosa, apurada. Indeseables materialidades ambas, pienso en una experiencia luminosa capaz de cancelarlas, una luminosa actualización de tanta sombra, e inmediatamente pienso que no voy a practicarla nunca. Porque ¿quién iba a responder a la chicharra incómoda del portero del séptimo A, alturas de España 915, si fuera mañana a sonarla? Antes de la segunda hoja, el pié de la primera página registra el reconocimiento a Gilberto Krass declarando que “hizo posible el andar” de los poemas del libro.


Tres poesías del libro y sendas visitaciones a modo de sendas

Transcribo debajo tres poesías del libro y las recorro luego al paso de unas observaciones y comentarios exentos de rigor y además de método. Un modo posible entre otros tantos, elección confesa del recodo y del tranco, visitaciones de la poesía que, una vez quebrado el lomo, me visita. Entretejidos en esta trama, no faltarán otros hilos de recuerdos de mis visitas a Bartolomé.

I. Poesía de página diez

Sombra de la voz

El mundo se sostiene
porque sostiene la piel de la sangre,
y nosotros nos sostenemos en el ojo del mundo,
de afuera
y de adentro,
concentrados y abiertos.

En el fondo hay un río
de aguas mirantes
y de algas eternas
que en silencio pasan por nuestras manos,
cambiantes
de encuentro y ceniza.

La corriente que existe,
afuera y dentro el movimiento,
arrastra la mirada del hombre,
como un viento intangible
ventilado sobre párpados mudos.

Aturdidos, ápteros
partimos
en pos de un destino de pájaro,
raíz complicada, vértigo y sombra,
la sombra de la voz
que recogemos, sin saber
cómo y dónde.

Tal vez del ser que viene
en el eco de la distancia,
y se nutre de esa voz
del corazón que cae palpitando
sobre cristales de un vidrio inmóvil,
sin saber
por qué la nombra,
por qué música del silencio,
por qué la noche es un árbol oscuro
de formas que caminan.

La poesía de Vercelli se nutre de palabras e imágenes elementales. El valor de muchas es simbólico antes que metafórico y su uso exhibe, de principio a final del libro, un significado esencialmente unívoco. Así el que hace de ojo, agua, sombra, noche , río, árbol, arena, lluvia, sangre... (en “Sombra de la voz” nos sorprende el extraño por infrecuente uso de la palabra algas). Es quizás este empleo unívoco y constante de un buen número de elementos constructivos fundamentales lo que permite al lector elaborar un “diccionario de sentido”, lo que espanta al hermetismo de la forma poética acercándola más bien a la personal encriptación. Pero no sólo hay en la obra un racimo de palabras-imágenes de uso uniforme; hay también construcciones poéticas que se presentan cambiando alotrópicamente una y otra vez en forma de “variaciones sobre un tema”. Aquella de las aguas mirantes que aparece en “Sombra de la voz” es la que prefiero y elijo como ejemplo. La delectación que encuentra el poeta en la variación de esta y otras construcciones tiende (o no tiende, agregaría dialécticamente Bartolomé) un puente blando hacia el lector. Lo mismo puede decirse de la reiteración de imágenes; v.g., las de los versos 16-17 ó 28-29 de “Sombra de la voz”, que sacuden la somnolencia de la lectura como si fueran alarmas resonando. Otras tensiones increíbles se consiguen forzando aliteraciones e imitación de palabras al comienzo de versos contiguos: los principales “por qué” de Vercelli están dirigidos a devastar como perdigonada a un ave de vuelo rasante. Finalmente, observo en el libro una cierta insistencia ya que no repetición: el poeta vuelve a fundir idéntica sustancia y ensaya constantemente su vertido en otros moldes. Yo no sé que habría pensado al respecto usted, Bartolomé. Yo creo que el filo de la cuerda donde se hace equilibrio se vuelve romo al pié y deja de lastimarlo recién cuando la materia solidifica y participa otra vez del entrañable aspecto de la materia. No hay, sin embargo, solidificaciones definitivas en la poesía de Vercelli. Existen las oposiciones, los contrarios, el juego de relaciones dialécticas: es en medio de esas transacciones donde nace, crece y muere el mundo y la palabra que lo nombra. Abalorios que lo reflejan dibujándolo pero que sólo una categorización postrera y convencional es capaz de separar del mundo.

II. Como la flor en los ojos del agua

La palabra altozonada

Yo no puedo cambiar el rumbo,
vos misma te lo inventaste
y estás en él, de quehacer en el centro,
o no estás en el rumbo y te busca,
el rumbo de la ausencia que no quieres,
y no puedes privarte de tenerla,
y no puedes privarte de mirarte en sus ojos,
aunque la ausencia te pierda.

El laberinto no puede salir
de cualquier otra puerta que no tiene,
el laberinto circular que se abisma
sobre la cumbre sola,
acuesta abajo el mismo hilo y la noche.

Mejor estás en el juego inútil,
sin retroceder y darte silencio,
el silencio que muere,
en la aureola siempre queda la luna,
atornillada.

Prueba y viste de olvido,
prueba y viste de la ceniza,
date en el tiempo
sin medir su peso.

Pero, ¿para qué debías hacerlo?
exceso de luz es cosa de ciego,
el universo se mira de adentro
como la flor en los ojos del agua.

Sobre las ramas secas
no cuelgan sus nidos los pájaros.

Y mejor estás de silencio,
los “portazos” no cambian nada
en el lenguaje y el fondo
lo atestigua la voz
y la palabra altozonada.

Adhesiones de su poética, declarados principios de su arte en los grupos finales de versos, la sintética visión transportada por esta poesía me impresionó fuertemente siempre. A los versos del quinto grupo
El universo se mira de adentro,
como la flor en los ojos del agua

los balbuceo todavía cada tanto y cada tanto se me aparecen nuevas posibilidades para ellos, nuevos sentidos nacientes de su línea definida nebulosa. Testimonia este inicial impacto su inclusión entre las citas de una obrita que venía escribiendo trabajosamente durante los meses en que visitaba a Bartolomé y que dejé inconclusa mucho tiempo después. Los leía entonces y los versos, al igual que la flor, al igual que yo mismo, mirábamos dentro del universo. Pensaba en alguna por siempre misteriosa cualidad del mundo que pudiera hacer que la flor, la flor y yo, espejáramos las cosas que nos quedaban lejos, muy por fuera. Han pasado los años y ahora creo que el significado es otro. Ahora veo que proponen una especie de negación o supresión de la conciencia, que expresan más bien un sentimiento oscuro, místico: aquello que mira está “adentro”; por tanto, no se distingue del resto de las cosas. No deseo conjeturar - la sonrisa calma que vuelvo a ver en los labios de Bartolomé lo torna innecesario- sobre posibles diluciones de la dualidad, sobre interpenetraciones o vanas contingencias, tampoco sobre convencionales distinciones epistemológicas muy bien sistematizadas ya. La conciencia es, misteriosamente, también un fantasma.
Volví al departamento de Bartolomé un tiempo después de que él me obsequiara su libro. La conversación que ocurrió esa tarde me desilusionó un tanto. Le dije que me habían gustado mucho aquellos dos versos. La mención que hice de ellos fue fiel y sin trabucaciones: un halago buenamente premeditado, correctamente ejecutado luego. El sonrió y me expresó una alegría sencilla y algo artificial (así resulta tantas veces lo sencillo y enseguida hace lugar a la sospecha) seguramente medida muchas veces y pronunciada usando parecido gesto desde mucho tiempo antes. A aquellos dos versos que he repetido durante la mitad de mi vida continúo buscándolos.

III. Cuartos y muchachas de alquiler

Pasados unos meses desde la muerte de Vercelli, A. C. Vila Ortiz escribió una breve, emotiva columna en el diario La Capital. “Carta a Don Bartolomé” era su título. El mismo autor incluye en Cajón de Sastre V unos párrafos que recuerdan nuevamente al poeta. De entre ellos rescato unas líneas que enriquecen mis propios recuerdos acercándome la posibilidad de comprender, desde el ilusorio fragmento la posibilidad de reconstruir una superposición de ilusiones distintas.
Refiriéndose a alguna de las exterioridades que rodearon los últimos tiempos de Bartolomé, Vila Ortiz hace uso de la frase hecha. “Terminó sus días”, escribe, “como sereno en un hotel donde vivían unas cuantas prostitutas...”. Parece que Bartolomé se enamoraba de las muchachas y que les escribía poesías cuyo destino final, como el de las muchachas mismas, se desconoce. Es probable que estas mujeres no vieran en ellas suficiente recompensa para su amor de engranajes y poleas. Acaso las comprendieran poco aquellas que hubieran aprendido a leer. La maquinaria del amor no necesita de palabras y es así como pueden, supongo, tornarse algo menos cargosas sus daciones cuando condicionadas. Bartolomé no dejó de recurrir al papel para acceder al único amor posible (aunque fuera en versión de juguete). El papel moneda posee extraña capacidad de cambio, especial virtud de transformarse en esto o lo otro. Cadáver ya muy seco la época de los bardos y de los poetas peregrinos, los papeles con poesías de Bartolomé no hubieran conseguido siquiera igualar aquella virtud rara del billete. Muy distintas las cosas, digo, si nuestros estómagos se las arreglaran con la celulosa, tal como lo hacen los de las hormigas y las vacas. Unos bellos trazos de tinta azul lavable hasta pudieran aderezarles con su refinado aroma de taninos... Pero yo no he visto a ninguno de estos sacrílegos bichos tragarse ninguna de las poesías de amor de Vercelli. En realidad, no sé de nadie que lo haya visto. Por su parte las muchachas, en la superficie del papel admiraran quizá los próceres grabados en fina raya y Bartolomé no ignorara el asunto. Según nos informa Vila Ortiz, desagradaban a algunos amigos de Bartolomé las particulares transformaciones a las que el poeta-sereno obligaba al prosaico papel. La memoria de la digna ocupación nocturna del anciano poeta hizo que me acordara que él mismo había mencionado el tema durante una de mis visitas. Yo no pude medirle ninguna importancia.
Puede que en todo su libro no se encuentre una sola poesía referida llanamente al amor; puede que todas lo hagan de un modo u otro. Los versos en donde su evocación es contenidamente sensual, apenas velada, aparecen aquí y allá como salientes casi en la superficie del papel aún cuando su tinte de sepia y su tono tantas veces nostálgico, repleto de intermediaciones. Otra vez elijo aquellos cuyas imágenes construidas con palabras elementales erigen sentidos múltiples, infinitas incisivas elusivas resonancias.

La rosa de agua

La soledad
no es recomendable,
es como un animal indiferente
que rumia
sobre la tierra de nadie.

Los ojos afuera del aire,
la palabra, sin eco,
el hielo hermético,
la correspondencia estéril.

Y la abstracción,
a veces soporta la sombra
de alguien que puede estar sobre el viento,
y sin buscar nada lo busca todo,
lo busca con la mano abierta,
lo busca con el cuerpo y el alma.

Entonces
del desierto brotan flores,
y se puebla el vacío
de sol
y de espacio.

Tierra,
árboles y ríos en serie,
palabras adultas que se unen
en el recinto de los sueños.

El bajel, la estela,
y la rosa de agua.

Un índice glosado para “Poemas 1980”

En los tiempos de Bartolomé la edición de un libro era asunto algo más complejo que en nuestros días de computadores personales a bajo precio. Involucraba necesariamente y en segundos a terceros: tipos de todo tipo, hasta de plomo. La poesía se anticipaba abundantemente en diarios y revistas antes de que un libro la enjaulara. Anciano ya Bartolomé cuando Krassniaski pagó por la edición de “Poemas 1980”. (Más allá de supuestas objetividades, pienso ahora que hombres de un único libro los hubiera que no suelen encontrar entretenimiento en vanos recuentos. Y si hubieran conseguido aprender las líquidas reglas sublunares del canto y se dijeran poetas, lo mismo se imaginaran grillos insignificantes como pulgas prendidas de la piel de una perra. Llenos de curiosidad y apetito, mordieran alrededor de cinco cuadrados de piel y, no alcanzándoles jamás las escamas de los ojos para contar los pelos que allí enraizan, los supusieran fácilmente sin cuenta en número o sin nombre en el preciso momento en que se beben el trago maxilar de la sangre (la sangre que circula luego engrosando su pequeñez). La segunda ley de la Termodinámica, impasible, es también pasible de cantarse en tonos diversos: la severa enunciación de los manuales de Física es uno más entre los posibles.)
El libro de Bartolomé no incluye un índice y puede que ello, además de ahorrar papel, sea buen indicio; un acierto en un libro de poesía que desee decir la totalidad de las cosas sin aludir a ilusorias estratagemas de recuento final. Por otra parte apropiado a la memoria diversa de los años una vez entrados en un hombre: la memoria no ordena a los hechos en sucesión, simplemente los arroja como objetos a una especie de lago: mientras algunos se hunden, otros flotan o nadan a profundidad variable según determine su poder de flotación. Con la suerte de índice completo con glosa parcial que construyo debajo para “Poemas 1980” no existe recuento y, por tanto, no traiciono la voluntad de Bartolomé ni tampoco el estilo o los prejuicios estéticos de su época; antes bien, busco traer a su libro de la media-agua en donde, después del cuarto de siglo transcurrido desde la fecha de su edición, algunos irisados irrisorios peces sin hacer cardumen escasamente lo alcanzan con sus ojos. No deseo engañar a nadie construyendo mitos: Bartolomé es para mí ese hombre algo más bajito que yo y mucho más viejo que todavía, si quisiera, podría recibirme con paciencia y alegría en el séptimo de calle España. Y quien sabe si el diálogo no fuera más entretenido ahora que él mantiene su distancia y yo llevo aprendidas algunas cosas más.

Pág. 5........................ Labor de manos

Poesía inaugural: hay el canto y la conciencia del canto que “se dice en el árbol / y afuera del árbol”.

¨ 6........................Verde luz

“Reflejo inexistente... / sobre un as de la calle, / sin ver del día / para restituirse / nocturno / equilibrio.”

¨ 7........................ Hebra al rojo

Junto con “Verde luz”, primeras dicciones breves del libro. Apretados cantos ambas.

¨ 8........................ Siendo así

Primer desarrollo potente del canto: una poesía que parece desplegar una larga y sabidamente inútil explicación (también para el canto): “Y la voz secreta, oculta germina / en el latido / que atiende al fluído de la sangre.” Enorme, bellísima iluminación la de los versos finales del poema.

¨ 10........................ Sombra de la voz

¨ 11........................ Arena milagrosa

¨ 12........................ Clima

El “clima” de la poesía es el de los ominosos fantasmas de la Guerra Fría: “la gota sulfúrica”, “el arsenal de suicidas” y “el terror del hongo” muerden “los ojos”.

¨ 14........................ Dialéctica

La poesía habla de “la contradicción y la consistencia / de lo mohoso que muere, / y lo que nace y desarrolla / y se persiste en la historia del hombre”. Vercelli adhería a la interpretación dialéctica de la Historia. Durante la dictadura militar había tenido que esconder los libros de su biblioteca personal repartiéndolos en distintos lugares. Esto me lo participó en el primer o segundo encuentro. Recuerdo su aire orgulloso al mencionar el número de libros que poseía (5.000, según dijo).

¨ 15........................ La palabra altozonada

“Date en el tiempo / sin medir su peso”, dicen otros versos que parecen indicación coherente para quien, con anoréxica pasión, sufriera de bulimia.

¨ 17........................ Tres claveles

Tres amores en la memoria como tres claveles uniendo sus largos tallos en el fondo afinado de un florero y “¿cómo hacer del enigma/cómo hacer de las sílabas/ que salten del florero al único escenario?”. La acuciante pregunta suele convocar a sortilegios, a máquinas del tiempo, a manipulaciones con agujeros negros o nigromancias, a metafísicas consolaciones, acaso a calculados suicidios, locura posible y otras ausencias pasajeras o irremediables. La vital resolución de Bartolomé fue, sin embargo, distinta. En una de las visitaciones mencioné que trabajaba como sereno en un hotel de pasajeros y también de residentes mujeres. El oficio de sereno se acepta en un anciano y se lo recompensara poco o nada. Dicen que los viejos necesitan dormir menos. ¿Qué inclementes modificaciones del sueño habrán alcanzado serenamente al poeta? (¡Cuántas preguntas esperan sus respuestas, Bartolomé!)

¨ 19........................ Habrá que saberlo

Alguna madera en los versos de Vercelli está plagada de carcoma. La palabra se presenta en ellos como una solución de compromiso, apenas capaz de portar sentido. Y si se busca decir con palabras el alcance sin miramientos del “ojo”, entonces “habrá que buscar otra cuerda / en otro sonido con pájaro / ... / en la mariposa legítima / que sobrevuela el viento de la tarde”: una fundación persistente del sentido que pueda “asegurar la mutación”.

¨ 21........................ Inexistencia y figura

¨ 23........................ Sin saber...

Esta poesía se corresponde con “Sombra de la voz” (pág. 10).

¨ 24........................ Dibujos de la pared
¨ 26........................ Pisada del viento
¨ 27........................ Estar en todo

“Que bien / no estarse en nada / y estarse en todo”, propone Vercelli en esta poesía. “Estar en todo, sin ser nada”, aclaran otros versos. Me pregunto cómo debieran traducirse al Inglés, por ejemplo.

¨ 28........................ La rosa de agua

La soledad “es como un animal indiferente/ que rumia/ sobre la tierra de nadie”; no es, por tanto, recomendable. Pero puede que broten flores del desierto y crezcan “el bajel, la estela”... y hasta el mismo título del poema.

¨ 29........................ Lo mismo y diferente

Hay de esos días en que “la mano cae dentro las cosas / y las cosas dentro de la mano”. Si no hubiera certeza de la novedad, el sentimiento de la novedad resultaría asimilable a un dato de la experiencia.

¨ 30........................ Comprendo

En un desarrollo antes que variación del “Estar en todo”, Vercelli habla de “Mirar las cosas, sin retenerlas / en la mirada...” Al fin y al cabo, la palabra “también se borra / como el nombre del agua / de un mismo río”, y entonces aparece la solución: si tomamos de la mano para acompañar en la huida a aquello que perpetuamente huye, entonces puede que, ya que no la eternidad, al menos un sentimiento de la detención nos dé alcance para embargarnos. A estas soluciones suele conducir el concebir al tiempo como magnitud espacial, deliciosa confusión esta de alto valor estético (¡tantos bellos versos han surgido de ella... !). El problema es que la imagen Heraclítea del río resulta pobre representación: es insuficiente: en el río nada se mueve en realidad si el bañista no estuviera pronto a sumergirse dos veces por lo menos, a sentir, por así decirlo, la probable diferencia entre la temperatura de las aguas en cada zambullida. Como usted en esta poesía, Bartolomé, vuelvo a comprender que “no piso en la memoria / sino que me aparto del aire, / y entro en la noche...”.

¨ 31........................ La voz

Bartolomé buscado por “la voz”.

¨ 32........................ Búsqueda
¨ 33........................ Función activa
¨ 34........................ Intermedio

Intermedio dedicado a Bolivia que estaba “en el aire”.

¨ 35........................ La primera letra
¨ 36........................ Retrato y creación (Lleva la dedicatoria “a Orlando Ruffinengo”)
¨ 37........................ La mano en el paisaje (lleva la dedicatoria “a Héctor Tealdi”)

Estas dos poesías dedicadas ocupan las páginas centrales del libro, aquellas en donde puede verse cómo el óxido del alambre que sostiene los pliegos de las hojas va impregnando el papel de mi ejemplar. Haciendo un disloque arbitrario de algunos versos de la primera de ellas, “más allá de la sombra y el cuerpo seco”, “la imagen del rocío” (“la abstracción del ala infinita”) “trae el amor y la ternura al corazón del hombre”, el “aire en las palabras del ser”. La segunda poesía registra una singular característica de lo que percibimos como externo a nosotros: la “mano cálida del paisaje” que “puede ser de todas las manos”.

¨ 38........................ Sustancia del fuego
¨ 39........................ Con otro cielo
¨ 40........................ Dibujo oscuro
¨ 41........................ Forma y presencia
¨ 42........................ El sentido no se pierde

La búsqueda del sentido no se pierde, vale por sí misma. Si “sentido” fuera mensurable, seguramente no sería magnitud que se conserve: parece que aquello que se conserva es el afán, la necesidad casi, por rehacerlo.

¨ 43........................ Casi de silencio

“Esta mañana me encontré despierto / con los pies caminando / sobre el fin de un camino de un sin fin...”: el poeta vuelve a encontrar su poesía y el encuentro es tan frontal que no puede evitar ensayar unos versos. Los de esta poesía lo transportan al “límite de un juego / que rompe el límite al borde”.

¨ 44........................ Transparente y oscuro
¨ 45........................ Bordeando límites
¨ 46........................ Responso
¨ 47........................ De un mismo juego

La más breve de las composiciones del libro -un grupo simple de siete versos, y probablemente también la que construye imágenes más paradojales (¿surrealistas?): un dogo “tiene” un mugido de horror. Pienso que los golden-recuperadores, los afganos, los basset cuerudos, los mutilados canes guardianes entrenados para el ataque, los caniches en rulos de lengua larga y vibrátil, los cachorros de mastín napolitano con pavorosa mandíbula y también uno que otro salchicha, todos retozando sujetos todos de la segura cuerda del conocedor muchacho paseador de perros; toda esta diversa progenie de perros retozones que encuentro en los parques de la ciudad bebiendo del mismo bebedero en que, sediento, bebo. Pienso que todos estos, aunque cínicos de a ratos (mucho cuando ladran con tanto miedo con tal de ganarse el balanceado), tienen sus puntuales mugidos de horror y no lo saben o no saben hacer otra cosa. Y el paseador de perros tragando saliva y sonriendo, casi dueño de la situación o de sí mismo.

¨ 48........................ Largo y breve
¨ 49........................ La crecida salvaje
¨ 50........................ Raíces y ciudad
¨ 52........................ Lámina inmóvil

“...Y se separó de la mano, / peonza de antiguo sueño, / por un minuto de distancia / giró sobre una lámina inmóvil...”. Estáse visto que cincuenta fantasías sin cuenta, amables siempre, enmascaran, disfrazan. A mi me gustaría saber por qué pensaba usted, Bartolomé, en la superficie inmóvil de una lámina.

¨ 53........................ Perfil

“Cada cuál elige el camino...” y “ cae, sin ver la caída...”. Bien Bartolomé. “En la caída no hay ruido, ni sombra”. Tampoco hay fuego, “ni leño que quema”. Bien, nuevamente bien: “No hay nada, de nada” en la caída. Todo un perfil recortan las palabras de este “Perfil”. Una visión del mundo.

¨ 54........................ La palabra de tu cielo

Sueño agreste esta poesía.

¨ 56........................ Espacio y poema
¨ 57........................ Caída y silencio

Nuevamente la soledad representada, esta vez, en “la mano sin semilla / que se cierra fuera del surco”. Nuevamente el asombro y el horror del vacío, esas insignificantes sentidumbres.

¨ 58........................ En otra cosa

“De otra cosa la noche / articula el semblante”. Otra de las poesías inmensas del libro.

¨ 59........................ Dibujo
¨ 60........................ Como un destino
¨ 61........................ Puede ser...
¨ 62........................ Sin medida
¨ 63........................ Agua de los sueños
¨ 64........................ Eso, sólo eso
¨ 65........................ Voces invisibles
¨ 67........................ Evidencial
¨ 68........................ En vísperas de un viaje
¨ 69........................ Agua de espejo
¨ 70........................ Lámpara de humo

Las composiciones de las diez páginas finales del libro aparecen redondas o esmeriles: la coda acoda sorpresas, todavía y sin embargo: canto único en “Agua de los sueños”; siempre vanas justificaciones en “Evidencial”; andamios para la certidumbre en “Dibujo”, impalpables disoluciones en “Agua de espejo”, parturientas dolencias en “Lámpara de humo”.

¨ 72........................ Difícil trayecto (Lleva la fecha 11-9-1980)

Algias compañeras del poeta habitan esta última composición del libro. “Porque existe en los ojos / el dolor sin perderse”, escribe con versos postreros Bartolomé. Curioso. Muy curioso. Los dos versos apilados se leen al final y, por tanto, los alcanza un cierto aire definitivo, conclusivo. No obstante, los versos de cada una de los poemas del libro conforman una columna quebrada en grupos. El mencionado grupo funciona pues como basamento, base y pedestal de la columna que se levanta después apoyándose sobre ellos. Y hay los versos del fuste y los del capitel.

Salutación y agradecimiento

Cierro el libro. El entramado de los versos me ha lastimado oficiosamente. A los pliegos de papel les queda el ajetreo de páginas. El pliego central se ha desprendido escapándose del broche de alambre. Días atrás conocí en Gálvez a Ramón Teixidó, amigo y albacea de Vercelli. Me recibió cortésmente en su estudio y me habló sobre la amistad mantenida con Bartolomé. Luego de la muerte del poeta, Teixidó reunió papeles y documentos –obra inédita- y los transportó dentro de una caja hasta el Museo Histórico de la ciudad, lugar en que permanece, según dijo, disponible para su lectura. El viaje hasta la ciudad del departamento San Jerónimo en que transcurrió buena parte de la vida de Vercelli fue breve y no hubo ocasión de que confirmara muchas de las informaciones que gentilmente me transmitió el Dr. Teixidó como así tampoco las que me comunicaron otras personas que abordé preguntándoles por vida y obra del poeta. Claramente ausente de este escrito toda cruel pretensión de rigor histórico; buscando en vez no despertar el seguro disgusto del poeta cuando a un tiempo le presentaran más de tres precisiones insignificantes, únicamente para contentar a los buenos amigos dejo constancia de que Teixidó cree que Vercelli nació en 1905 (el año de aquellos “internos desórdenes” en Rusia, reflexiono y dudo) . En la conversación se discutió también sobre la fecha última. Tras unos cuantos recuerdos y colaciones, convinimos en que 1986 era el número que acomodaba mejor su cifra a la muerte del poeta. Agradezco al Dr. Teixidó, a la Sra. Zully Ferrero, al personal de la Biblioteca Popular “Dr. Andrés Egaña” y a Silvia Mionis (Dirección de Cultura y Relaciones Públicas de la Municipalidad de la Ciudad de Gálvez) por su abierta participación en mis parcialísimas indagaciones.

Lucio R. Berrone

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